María, Madre de la Iglesia naciente.
Reunidos en el Cenáculo después de la Ascensión del Señor, los discípulos de Jesús permanecían unidos en oración esperando el cumplimiento de la promesa del Espíritu Santo. Entre ellos se encontraba Virgen María, quien acompañaba silenciosamente a la comunidad naciente de creyentes.
El libro de los Hechos de los Apóstoles describe este momento diciendo: Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la madre de Jesús (Hch 1,14).
La presencia de María en Pentecostés no aparece como protagonista, sino como Madre que acompaña, anima y sostiene espiritualmente a la Iglesia que comienza su misión evangelizadora. Su presencia es signo de comunión, unidad y fidelidad al proyecto de Dios.
La tradición de la Iglesia ha contemplado este acontecimiento como el nacimiento visible de la Iglesia misionera. Allí, junto a María, la comunidad pasa del miedo al anuncio valiente del Evangelio; Ella con sus oraciones ayudó a los comienzos de la Iglesia (LG 69).
De esta manera, María aparece como Madre de la Iglesia naciente, no porque ocupe el lugar de Cristo —único Salvador y cabeza de la Iglesia— sino porque acompaña maternalmente a los discípulos en el camino de la fe.
San Pablo VI proclamó solemnemente a María como “Madre de la Iglesia” el 21 de noviembre de 1964, destacando que ella continúa acompañando al Pueblo de Dios en su misión evangelizadora.
Esta dimensión tiene una profunda relación con la catequesis actual. Así como María reunió y acompañó a los discípulos en el Cenáculo, la catequesis está llamada a formar comunidades vivas de fe y no solamente transmitir conocimientos, sino a descubrir la presencia de Dios en medio de la Iglesia.
El Directorio para la Catequesis recuerda que toda catequesis tiene una dimensión comunitaria y eclesial, pues introduce a la persona en la vida de la Iglesia y en la experiencia del encuentro con Cristo dentro de la comunidad creyente.
Pentecostés nos debe recordar que la misión evangelizadora nace primero de la oración y de la comunión. Antes de salir a anunciar el Evangelio, los discípulos estuvieron reunidos con María esperando la fuerza del Espíritu. También hoy, la catequesis necesita comunidades unidas, abiertas al diálogo, a la escucha y al servicio.
María enseña a los catequistas que evangelizar también significa: acompañar, escuchar, permanecer, orar con la comunidad y esperar juntos la acción del Espíritu Santo.
Porque donde María acompaña, la Iglesia aprende nuevamente a escuchar al Espíritu y a caminar como una sola familia en Cristo.