Desde Cuyutlan, parroquia de Armería, diócesis de Colima. Testigos del resucitado, una pascua vivida en misión. Semana santa 2026
Durante la Semana Santa de este año, del Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección, las hermanas Gladys De la Cruz y Magda Ramírez, vivieron una profunda experiencia misionera en Cuyutlán, comunidad perteneciente a la parroquia de Armería, en la diócesis de Colima. Fue una semana intensa, marcada por la cercanía con la gente, la alegría del Evangelio y la fuerza del Misterio Pascual celebrado en comunidad.
Desde los primeros días, la misión se desplegó en los hogares: puerta a puerta, las hermanas llevaron un mensaje de esperanza, consuelo y fe. Las familias abrieron no solo sus casas, sino también su corazón, acogiendo con alegría la presencia misionera. Esta cercanía se extendió también a la playa, donde, en un ambiente distinto y abierto, se pudo evangelizar a turistas, compartiendo con ellos el verdadero sentido de la Semana Santa. Muchos de ellos participaron activamente en los actos litúrgicos, mostrando una fe viva y un profundo respeto por las celebraciones.
La comunidad parroquial, acompañada de manera especial por el padre Antonio Lorenzana, vicario, se distinguió por su espíritu de comunión y servicio. Catequistas, monaguillos y fieles trabajaron en equipo, haciendo de cada celebración un momento significativo. La hospitalidad fue un signo constante: las hermanas fueron acogidas con generosidad, compartiendo alimentos y vida, experimentando así el rostro concreto de la caridad cristiana.
Uno de los elementos más significativos de esta experiencia fue el entorno natural: el mar y la sal. En Cuyutlán, la labor de los salineros, que cosechan una sal rica en minerales, se convirtió en una profunda imagen evangélica. Como nos recuerda Jesús: “Ustedes son la sal de la tierra” (Mt 5,13). Esta sal, que se forma con paciencia, bajo el sol intenso, en medio del agua y el esfuerzo humano, evoca el Misterio Pascual: la vida que surge a través del sacrificio, la transformación silenciosa que da sabor y sentido.
Así como la sal de Cuyutlán no pierde su esencia, sino que potencia el sabor de todo lo que toca, la vida del cristiano, configurada con Cristo muerto y resucitado, está llamada a dar sabor al mundo con el amor, la esperanza y la fe. La Resurrección no es solo un acontecimiento celebrado, sino una realidad vivida: ser sal que transforma, que preserva la vida, que sana.
Gracias a toda la comunidad de Cuyutlan por su alegría y generosidad.











