Un corazón forjado para la catequesis: La inspiración espiritual y pastoral del Padre Juan Guzmán
Al conmemorar un año más de la Pascua (18 de marzo de 1963) de nuestro querido fundador, el padre Juan N. Guzmán Hernández, nuestro Centro de Investigación y Formación Catequética, renueva el profundo orgullo de llevar su nombre. Recordar esta fecha es una invitación a adentrarnos en las raíces de su vocación y en la riqueza de su mundo interior, aspectos que hoy siguen siendo el motor que impulsa la labor de todos nosotros y nosotras catequistas.
El Seminario: cuna de un catequista integral
La pasión del Padre Juan por la instrucción religiosa no nació de la improvisación, sino que fue el fruto de una sólida formación en el Seminario de Guadalajara. En medio de una época marcada por grandes conflictos sociales y persecución religiosa (La Cristiada, en México), Juan fue educado bajo las directrices de la Doctrina Social de la Iglesia, con una mentalidad muy abierta al mundo y a la realidad de su tiempo.
Esta preparación forjó en él una convicción profunda: era urgente formar laicos comprometidos que fueran auténtico fermento en la sociedad. Comprendió que la fe no podía desligarse de la realidad del pueblo, por lo que asumió el desafío de llevar a cabo una «evangelización integral», orientada a combatir la ignorancia, la injusticia y la pobreza. Fue esta visión gestada en el seminario la que lo llevó a prometer, el mismo día de su ordenación sacerdotal, dedicar todo su ministerio a la catequesis. Para él, la catequesis debía ser integral, abarcando no solo la doctrina, sino la promoción humana, moral, cultural y social de las personas.
Un hombre contemplativo a los pies del «Maestro del Calvario»
El dinamismo pastoral del Padre Juan tenía una fuente inagotable: su profunda vida interior. Antes que un gran organizador, era un hombre contemplativo. Quienes lo conocieron sabían que su oración no se limitaba a un momento del día, sino que era una búsqueda constante de la voluntad del Padre. En sus largos espacios de intimidad con Dios, se le encontraba siempre de rodillas, sacando de la oración la energía y la fortaleza para superar los obstáculos de su ministerio.
El centro de su mística era el amor a Jesús Crucificado, a quien llamaba entrañablemente su «Maestro del Calvario». El Padre Juan enseñaba que en los momentos de sufrimiento, bastaba una mirada a Cristo en la Cruz y una aspiración a la Eucaristía para encontrar socorro y paz. Esta espiritualidad vivida no lo alejaba de la gente, sino que lo impulsaba a servirla con mayor ardor.
Humildad y misericordia que inspiran hoy
Otro rasgo significativo de su espiritualidad fue su llamativa humildad. Trabajaba incansablemente por los demás, pero siempre procuraba hacerlo sin afán de protagonismo, escondiéndose para que solo Dios brillara. Su corazón dócil lo hizo un hombre de profunda obediencia, capaz de renunciar a sus propios proyectos si descubría que la voluntad de Dios lo llevaba por otros rumbos.
Esa misma humildad lo convirtió en un confesor excepcional. Pasaba horas en el confesionario, siendo el rostro de un Dios compasivo, tierno y misericordioso. Escuchaba sin prisas, no se escandalizaba de las miserias humanas y siempre buscaba hacer crecer a la persona en su relación con Dios, sanando heridas e infundiendo esperanza.
Hoy, nuestro centro lleva su nombre como un recordatorio vivo de esta herencia.
La figura del Padre Juan Guzmán nos inspira a ser catequistas bien formados, encarnados en la realidad de nuestro tiempo, y al mismo tiempo, nos llama a ser personas de profunda oración, enamoradas de la Eucaristía, humildes y siempre sostenidas por la fuerza transformadora de Cristo Crucificado.
MI FUERZA … CRISTO CRUCIFICADO