En el contexto de la semana Laudato Si, queremos compartir esta experiencia, en la cual pudimos contemplar de cerca, la generosidad de nuestra madre naturaleza que nos regala los minerales y los nutrientes vitales que necesitamos para vivir mejor y de manera saludable: es el caso de la sal.
En la Sagrada Escritura y en la tradición de la Iglesia, los sacramentales siempre han jugado un papel muy importante en la vida de los creyentes. La luz, el agua, el aceite, las imágenes, los escapularios, la sal, etc., todos ellos forman parte del tesoro inagotable que expresa la fe de un pueblo, pero también son elementos que Dios mismo ha querido que sean canales a través de los cuales se manifiesta la presencia y la potencia de Dios.
Fuimos invitadas a conocer la laguna salina en la que se capta el agua del mar de Cuyutlán (Colima), que luego se transforma en los hermosos cristales que forman la sal. Es impresionante ver la paciencia de los recolectores que laboran horas y horas bajo la intensidad del sol, esperando a que éste evapore poco a poco el agua, que ellos recogen en una especie de pequeñas piscinas de baja profundidad, de manera que vaya quedando sólo la sal que, horas después ellos van acarreando con una especie de cepillo.
Un trabajo arduo pero que llena de esperanza a decenas de familias que año con año esperan la temporada en la que se cierra la laguna para que el agua del mar, se almacene en las entrañas de la arena y luego pueda ser extraída y colocada en estos lugares llamados “eras” (pequeñas piscinas). A los costados se va reuniendo las pequeñas montañas de este mineral tan preciado, que es la sal. Y así reuniendo montículo a montículo, se van formando las grandes montañas de sal, que luego pasan a ser envasados en costales, para finalmente llegar a muchos hogares que se ven beneficiados con los nutrientes que nos aporta de manera orgánica.
¿Pero qué tiene de especial la sal de Cuyutlán? De acuerdo con la Secretaría de Turismo de Colima, la sal originaria del estado es baja en sodio: un 30% menos que la sal común. Además, es rica en minerales como calcio, hierro, magnesio y oligoelementos que ayudan al metabolismo. Se trata de una sal nutritiva resultado de la posición geográfica que mezcla las aguas de lluvia de los manantiales de la Sierra de Manantlán, de la laguna de Cuyutlán y del Océano Pacífico. Las cuales crean las llamadas «salineras» una capa delgada de sal cristalizada que se forma en la superficie del agua del mar, únicamente visible entre los meses de marzo a junio, tiempo en el cual se cosecha.
La experiencia de observar muy de cerca el proceso que conlleva la obtención de la sal de mar, nos llevó a conectarnos espiritualmente con las palabras que Jesús pronunció: ¡Ustedes son la sal de la tierra…! Qué importante es tomar en serio estas palabras y tratar de dar sabor a evangelio a nuestra vida y a los ambientes en los que nos movemos. Hacer presente el sabor del reino de Dios, es tarea de todos los bautizados, pero más, de los que hemos sido llamados a ser sus testigos a través del ministerio de la Palabra.
La sal es uno de los elementos que el Señor bendice como signo de prosperidad y de protección en nuestros hogares. La sal también es signo de alegría, incluso cuando decimos que alguien es muy alegre, se dice: ¡qué persona tan salerosa! ¡Qué alegre es Laura, cuánta sal tiene para decir las cosas!
Al ver todo el sacrificio y el trabajo arduo que esto supone, para poder tenerla en las manos, nos hace pensar que la sal es uno de los tantos tesoros que el Señor nos regala a través de su creación.
Pidamos al Señor el don de la alegría y agradezcamos el regalo de la sal natural que llega a nuestros hogares. Que el bendiga a cada una de las personas, de las familias y de las cooperativas que desgastan su vida en ese noble trabajo de la obtención de la sal, haciendo posible que nuestros alimentos sean sanos, sabrosos y nutritivos.