Misión de Semana Santa: “Cristo Resucitó… en medio de su pueblo”.
En el silencio de los cerros, entre caminos de tierra, neblina y cielos estrellados… Así se vivió la misión de Semana Santa en la parroquia de Nicolás Flores, la cual pertenece a la diócesis de Tula, Hidalgo, donde las hermanas Verónica Navarro Barba, Ma. Teresa Anaya Trejo y Kareny Guzmán Salas compartieron no solo su servicio, sino su vida con las comunidades.
El viaje comenzó el sábado a las 6:00 de la mañana, partiendo desde Guadalajara. Después de varias horas de camino, las hermanas misioneras llegaron alrededor de las 2:00 de la tarde a Cardonal, Hidalgo, municipio cercano a su destino. Allí fueron recibidas por un grupo de jóvenes misioneros, quienes les informaron que el sacerdote las había asignado a dos comunidades distintas.
Ante esta encomienda, las hermanas se dividieron: la hermana Verónica partió junto a un grupo de jóvenes hacia la comunidad de Villahermosa, mientras que las hermanas Ma. Teresa y Kareny se dirigieron a la comunidad de Iglesia Vieja.
La misión se tejió en lo cotidiano: Durante las visitas a los hogares, las familias abrían sus puertas con generosidad. No solo compartían los alimentos, sino también su vida, sus alegrías, dificultades y sus esperanzas. Cada encuentro se convertía en un compromiso de oración y acompañamiento.
En las comunidades se entrelaza el idioma hñähñu y el español, la fe se vive con una riqueza cultural que toca el corazón. Ahí, las hermanas descubrían a Dios vivo en cada rostro.
El visiteo aunque desafiante, fue una experiencia enriquecedora de contemplación. Caminar y subir cerros no solo implicaba esfuerzo físico, sino abrir los ojos a la grandeza de la creación: paisajes imponentes, noches iluminadas por las estrellas y pequeñas luces en las casas que, como signos de vida, recordaban que cada hogar es una chispa de esperanza en medio de la oscuridad.
Cada mañana iniciaba con el rezo del Rosario en la capilla, junto a la comunidad. Posteriormente, las hermanas permanecían en oración, en medio del silencio. Era en esa intimidad donde la misión encontraba su fuerza.
Los días transcurrieron entre actividades, caminatas y momentos de convivencia. El Jueves Santo se vivió con una particular tradición: dentro de la celebración de la Palabra, la comunidad compartió pan y vino como signo de unidad. El Viernes Santo, se llevó a cabo el Viacrucis, recorriendo la comunidad hasta llegar a la capilla.
El Sábado de Gloria, la capilla se vistió de fiesta: flores del campo, cantos sencillos y el Cirio Pascual que rompía la oscuridad con su luz firme. Las campanas resonaron entre los cerros, anunciando lo esencial: la vida ha vencido.
Al amanecer, las hermanas emprendieron el regreso, reuniéndose nuevamente en Cardonal para partir hacia Guadalajara, Jalisco.
La misión había dejado huella: en la certeza de que Dios se manifiesta en lo sencillo, en la comunidad, en la creación y, sobre todo, en el encuentro con el otro.